Era cuestión de tiempo, se sentó a esperar. Quería creer que él volvería y esa sensación, que le movía hasta el alma cuando estaba cerca. Se caían las hojas, el viento caprichoso las mecía de un lado a otro, ella sentadita al lado de la ventana sin siquiera pestañear por las dudas no lo viera. Pasaba horas imaginando ese momento, ese reencuentro que le quitaría el aliento. La nieve blanca que caía con intensidad, de a momentos, impedía mirar el camino que el tomaría para regresar. Salían soles, nacían flores y hojas verdes de esperanza en los árboles, todo el paisaje se iba modificando maravillosamente ya no hacia frío, ni tampoco calor. Seguía allí como si recién se hubiese sentado. Casi nada podía perturbarla, excepto una cosa, el hecho de que el nunca más volvería. Que todos los lindos momentos que fueron de los dos sean solo un recuerdo, que con el tiempo se va haciendo cada vez más inverosímil. Las promesas de desvanecían más y más. Pero perseveró, siempre con la lucha interna entre su cabeza y su corazón. El calor incesante empezaba a incomodarla. Ya se había cumplido un ciclo en la vida de los árboles y las flores, pero ella estaba allí todavía envuelta en esa historia que no podía dejar ir. Varios ciclos más transcurrieron pero ella aun lo seguía esperando. Solitaria mujer, que dedico toda su vida esperando a un hombre que jamás volvería.
Son ciclos, etapas que uno tiene que aprender a abrir pero fundamentalmente tiene que aprender a cerrar, dejar ir ciertas cosas que nunca serán, que están vacías. Por más que intentemos buscar un camino, no lo hay. Sabemos perfectamente que nos hace bien y que no. No hagamos oídos sordos a esas señales que nos indican que este ciclo debe concluir, para que pueda empezar otro, tal vez mucho mejor.
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