viernes, 12 de noviembre de 2010

CIBER

Sin rumbo a los 20 años inició un viaje alrededor del mundo, sin destinos fijos ni plazos de permanencia. Caminó todo tipo de ciudades de Europa y algunas otras de Asia. Se gano la vida realizando diversos trabajos, si necesidad de títulos universitarios. Recorrió varios cuerpos de mujeres locales, casadas, separadas, solteras, con hijos y sin, pero ninguna logro flecharlo. Por fin se estabilizo durante el periodo de cuatro años en la gris ciudad de Ámsterdam. Consiguió un trabajo en una multinacional, en un puesto de nivel y se instalo en un departamento bien iluminado y con buena vista.
Una tarde salio de las oficinas de la empresa para la cual trabajaba, se junto en un bar con un grupo de compañeros de trabajo y luego se dirigió a su casa, en su bicicleta. Hacia frío, ya estaba anocheciendo. Como todas las noches se preparo su te de manzanilla y se dispuso a chequera mails y realizar un poco de trabajo extra. Dentro de su casilla de correo registro un mail en cadena que le había enviado su cuñado, entre todos esas direcciones de mails figuraba el siguiente "mariajrojas@gmail.com", ese nombre lo perturbo, ese día cerro la computadora y se fue a dormir. Su cabeza no paraba de pensar ni por un solo segundo, tratando de acordarse por que le sonaba tan familiar.
La mañana siguiente era sábado, tenia programada una salida pero una tormenta de nieve hizo que se suspendiera. Se quedo sumergido en su cama con su laptop en las rodillas y mirando fijo a la pantalla decidió buscar a aquella mujer en facebook, necesitaba ver al menos una foto para poder sacarse la duda. Y ahí estaba, el primer resultado que le arrojo la búsqueda, María Jose Rojas; 40 años, casada, dos hijos, profesora de historia, Buenos Aires, Argentina, su primera novia de la infancia. Sin pensarlo le mando un mail, decía más o menos esto: Hola María, soy Daniel Rosetti te acordás de mí? Sin esperanzas de recibir una repuesta, cerro la computadora. No paro de recordar aquel baile donde se conocieron ella catorce, el quince. En el siguiente día estuvo ocupado con actividades y no reviso sus mails, claramente no puso expectativas en aquella respuesta, que sin saberlo ya estaba en su buzón de correo. El lunes por la tarde no había mucho trabajo por hacer, la oficina estaba tranquila, abrió su casilla, De Maria Jose Rojas, Asunto: Holaa, se quedo petrificado y sin pensarlo lo abrió. Ella le dijo que tenia una idea de quien era el pero que no sabia exactamente de donde lo conocía. A partir de ese momento, no pararon de mandarse correos, día y noche, desde sus trabajos, desde sus casas, desde cualquier punto de la ciudad, se regalaban canciones y hablaban todos los días. La situación de María era complicada, casada con un marido impenetrable y maltratador y dos hijos adolescentes que nada podían comprender de enamoramientos de adultos. El todo lo contrario soltero a sus cuarenta, lejos de todo y de todos. Pero algo tenían en común, se enamoraron sin darse cuenta. Ocho meses pasaron desde el primer correo, Daniel preparaba su viaje para volver a la Argentina de visita por las fiestas. Planearon un encuentro. Quince de diciembre, pero ella no aguanto, se vieron el día diez. Se juntaron charlaron varias horas y ella le fue infiel a su marido en un cuarto de hotel, del que no se van a olvidar jamás. Se vieron varias veces mas, siempre a escondidas temiendo ser descubiertos. Daniel volvió a Ámsterdam, pero esta vez para arreglar su situación laboral, se volvía a la Argentina. Motivos; muchos años fuera y una mujer que se le interpuso en su camino de la cual no puede desprenderse. Ella se separó e inicio los papeles de divorcio. Hoy hace ya un año y medio del primer correo, Daniel vive en la Argentina, Maria se fue de su casa a vivir con sus hijos y se tienen tan solo a diez cuadras.        

jueves, 11 de noviembre de 2010

CICLOS

Era cuestión de tiempo,  se sentó a esperar. Quería creer que él volvería y esa sensación, que le movía hasta el alma cuando estaba cerca. Se caían las hojas, el viento caprichoso las mecía de un lado a otro, ella sentadita al lado de la ventana sin siquiera pestañear por las dudas no lo viera. Pasaba horas imaginando ese momento, ese reencuentro que le quitaría el aliento. La nieve blanca que caía con intensidad, de a momentos, impedía mirar el camino que el tomaría para regresar. Salían soles, nacían flores y hojas verdes de esperanza en los árboles, todo el paisaje se iba modificando maravillosamente ya no hacia frío, ni tampoco calor. Seguía allí como si recién se hubiese sentado. Casi nada podía perturbarla, excepto una cosa, el hecho de que el nunca más volvería. Que todos los lindos momentos que fueron de los dos sean solo un recuerdo, que con el tiempo se va haciendo cada vez más inverosímil. Las promesas de desvanecían más y más. Pero perseveró, siempre con la lucha interna entre su cabeza y su corazón. El calor incesante empezaba a incomodarla. Ya se había cumplido un ciclo en la vida de los árboles y las flores, pero ella estaba allí todavía envuelta en esa historia que no podía dejar ir. Varios ciclos más transcurrieron pero ella aun lo seguía esperando. Solitaria mujer, que dedico toda su vida esperando a un hombre que jamás volvería.
Son ciclos, etapas que uno tiene que aprender a abrir pero fundamentalmente tiene que aprender a cerrar, dejar ir ciertas cosas que nunca serán, que están vacías. Por más que intentemos buscar  un camino, no lo hay. Sabemos perfectamente que nos hace bien y que no. No hagamos oídos sordos a esas señales que nos indican que este ciclo debe concluir, para que pueda empezar otro, tal vez mucho mejor.